SECCIONES
La fragoneta de los malacatones

Esta historia me ocurrió hace tan solo unos días.

Recientemente me he mudado a mi nuevo apartamento, mucho más céntrico, y a tan solo unos minutos de la embajada de España donde trabajo. Todo un triunfo comparado con los 40 minutos que había en metro hasta mi anterior residencia (amen de los 3€ que te clavan por cada trayecto de metro).

Esta historia comienza cuando intentaba adquirir una nevera para mi nueva casa, que era el último aparato de los básicos para la supervivencia, ya que en Japón, los pisos de alquiler vienen completamente vacíos.

Me acerqué a una “risaicuru shoppo”, que es como los japoneses llaman a las “reclycle shops” o tiendas de segunda mano. Alguien de la academia de japonés me recomendó una, así que pasé a echar un vistazo.

En la tienda, después de echar un vistazo, vi una nevera perfecta para mi nueva casa y a un precio bastante razonable, así que me acerqué al dependiente y le pregunté en mi japonés playero que si ellos me la podían llevar a casa y cuanto me costaría. Me contestó que sí hacían entregas a domicilio por un módico precio de 1000 yenes (unos 7€ aprox.), así que me pareció un buen trato y le dije que la quería comprar. Entonces me preguntó donde vivía mientras sacaba un mapa para que se lo indicara. Cuando le señalé el punto donde estaba situada mi casa, hizo un gesto de preocupación. “Esta demasiado lejos…” dijo, y señalando un círculo que había dibujado en el mapa. Continuó “…es que solo hacemos entregas en un radio de 5 km que delimita este círculo”. Tras mirar más detenidamente el mapa, vi que mi casa estaba a…no se…2 mm escasos del círculo que lo delimitaba?!?!...Y le dije “Pero bueno, si mi casa debe estar a 5 km y 60 metros!!!!” a lo que el me contesto muy amablemente “Sí, pero está fuera del circulo…” y añade “…las entregas fuera del círculo tienen un coste de 4000 yenes (unos 30€)”. No me lo podía creer…mi primer encontronazo con la cuadriculación mental japonesa me iba a costar 30 eurazos!!! Así que le intenté explicar que no tenía sentido que me cobrara 1000 yenes por transportar la nevera 5 km, y 3000 yenes más por los 60 metros restantes, pero aquel tipo no parecía entender lo que yo le estaba diciendo. Después de un tiempo discutiendo como de importantes eran 60 metros me dijo “Espere un segundo señor…” y se marchó para dentro de la tienda. Instantes después volvió a salir y dijo “Tienes carnet de conducir?”. La pregunta estaba un poco fuera de lugar en ese momento, y no sabía muy bien por que me preguntaba eso, pero simplemente me dedique a contestar “Sí”. Entonces dijo “podemos hacer una cosa…coges el coche, cargas la nevera, la llevas a tu casa y vienes otra vez, con coste cero”… a lo que conteste “Es que yo no tengo coche” pensando en que yo no estaría teniendo esa conversación si tuviera coche. Él, sonriendo por mi contestación dijo “No, no, la furgoneta de la empresa”. Este fue un momento clave. Es ese momento creí que mi japonés playero me estaba jugando una mala pasada, haciéndome tener alucinaciones. Le dije “Perdone, es que no le debo haber entendido, porque he creído entender que usted quiere que yo me lleve mi nevera a mi casa en la furgoneta de la empresa”. El dependiente se limito a asentir…y añadió “Sí, por 0 yenes, te parece bien?” El shock fue tremendo! No me podía creer que ese tipo de detrás de mostrador, sin haberme visto nunca antes en su vida, me estuviera sugiriendo que cogiera su furgoneta y llevara la nevera a mi casa de forma completamente gratuita. Así que le pregunte como 3 veces más que si era concretamente eso lo que el estaba sugiriendo, para asegurarme de que no era el idioma lo que me hacia entender lo que no era, pero efectivamente esa era la sugerencia. El dependiente me pidió que volviera al día siguiente a las 8 de la tarde, puesto que para entonces la furgoneta ya estaría libre…

Al día siguiente por la mañana, todavía atónito, le contaba la historia de lo ocurrido a una de las compañeras de la embajada. Le contaba la locura que sería meterse por la ciudad de Tokio con una furgoneta, con la señalización en japonés y conduciendo por la izquierda. Esta, después de terminar de reírse a carcajada limpia durante un rato dijo que por supuesto, que debía hacerlo sin ninguna duda. Los 4000 yenes ahorrados serían efímeros, pero la experiencia de conducir con una nevera atada al remolque por las calles de Tokio en una furgoneta duraría para siempre. Por supuesto, ella tampoco quería perderse dicho acontecimiento, así que se autonombró reportera y copiloto.

Esa misma tarde, a las 8:00 p.m., armados de valor y de muy poco juicio, aparecimos por la tienda de segunda mano. El dependiente me reconoció al verme entrar y salió a recibirme. Me pregunto si finalmente había decidido llevarme la nevera y le contesté que sí. Entonces me explicó que la tienda estaría abierta hasta las 21h, y que si no había vuelto antes de esa hora, debería devolver la furgoneta a las 10:30h de la mañana siguiente. Momento kit-kat…(en ese momento solo pasaba por mi cabeza una cantidad ingente de imágenes de las cosas que yo podría hacer con una furgoneta gratuita en mi poder y toda una noche por delante por las calles Tokio). Me dediqué a sonreír y a asentir. El dependiente tomó las precauciones habituales en Japón cuando le prestan su furgoneta a alguien que no han visto nunca antes – consistente en que yo le apuntara mi numero de teléfono en un papel – y seguidamente fue a preparar el camión con la nevera y demás cosas que me habían pedido algún compañero al enterarse que me lo iba a llevar en la furgoneta de la empresa.

Una vez la nevera, silla, ventilador y aspiradora estaban cargados en el camión, pasamos dentro del garaje. Aquella cosa a la que ellos llamaban furgoneta, más bien recordaba a la de los vendedores ambulantes de melocotones y melones de la España profunda

El dueño nos dio las llaves, no sin antes mirarnos detenidamente de arriba abajo a los dos “extranjeros” y planteándose si lo de dejarnos la furgoneta no habría sido una mala idea. Así pues, nos dispusimos a comenzar nuestro viaje.


Primer problema: no quepo en la furgoneta. El hecho de que yo estuviera buscando la forma de meterme al camión porque literalmente no cabía en el asiento despejó cualquier duda que el dueño todavía pudiera tener acerca de lo acertado de aquella decisión. Una vez conseguí encontrar la forma de entrar en el camión, mi compañera saco el mapa de Tokio. Cuando el dueño vio a mi compañera con el mapa, sin, por supuesto, saber hacia donde nos dirigíamos, y yo sin saber como se encendían las luces del camión, el pobre dueño se acerco a nosotros con la cara algo desencajada y nos dijo “Por favor, tened mucho cuidado”. (NOTA: No es que por ser chica no supiera leer un mapa – vamos a omitir el tópico – pero es que en Japón las calles no tienen nombre y los edificios no tienen número, lo cual dificulta la tarea de leer un mapa a cualquiera). Arrancamos. Al fin nos pusimos en marcha.

8:00: La situación se convirtió en puro surrealismo. Dos españoles conduciendo por las calles de Tokio una furgoneta cutrísima con una nevera atada en su parte trasera, sin rumbo ni destino. Mi compañera Ruth estaba más pendiente de que no le pegara a los coches que había a mi izquierda que del mapa, fruto de la pérdida de perspectiva espacial que tiene un conductor español cuando le cambian el volante y los carriles de lado. Para solventar esto, de vez en cuando me gritaba al oído “CUIDADO!!!!” para evitar en más de una ocasión que pasara por encima literalmente a algún otro coche.

La situación derivó en que nos perdimos en la ciudad de Tokio. No sabíamos ni donde estábamos ni hacia donde íbamos. Pero no importaba, teníamos hasta las 10:30 del día siguiente para encontrar el camino a casa.

De repente, caigo en la cuenta de algo que no había pensado hasta ahora…aparcar en Tokio. Por inverosímil que pueda parecer, aquí no se puede aparcar en la calle…si no tienes garaje, tan solo puedes aparcar en un parking de pago, o arriesgarte a que te caiga una buena multa. Oh dios! Los 30€ que me estaba ahorrando en el reparto no me apetecía gastármelos en un parking!!! Se lo cuento a Ruth. Ella dice decidida “Entonces hay que devolverlo esta noche antes de las 9:00 como sea!!!”. Yo pregunto “Que hora es ahora?”, ella responde “…las 8 :35”. “Mierda!!”.

8:35: En ese momento, aquella fragoneta gitana de malacatones se convirtió en el coche de rally de Carlos Sainz y Luís Moya. Como una exhalación nos cruzamos la ciudad casi de punta a punta, sin más percances que unos cuantos bocinazos por parte de algún japonés por haberme cruzado en su carril, o haberle cerrado el paso, o haberme saltado un stop (alguien sabe como se dice “stop” en japonés?) o similares. Como una bala por las calles de Tokio, y todavía sin saber como, encontramos el buen camino a mi casa. Cuando por fin vislumbramos mi edificio, no había tiempo para aparcamientos. Con una pirula para cambiar de dirección en la calle al más puro estilo policíaco americano metimos de cabeza el camión en la puerta de mi casa.

8:55: Bajé como un cohete del camión a desatar los trastos, que afortunadamente todavía seguían en su sitio después de tan tremendo viaje.

Ruth mientras tanto llamaba por teléfono a la tienda “Sí, soy Ruth, por favor, no se vayan todavía. Espérenos, que ya estamos volviendo a la tienda y ya estamos cerca de allí” (claro, cerquísima, concretamente a 5 km y 60 metros). Una jugada muy profesional, si señor. Yo, hasta arriba de adrenalina con eso de conducir tipo Alonso por Tokio y hecho un burro, me cargue el frigorífico en mi espalda y tire para adentro. Ruth me seguía con la silla, ventilador y aspiradora. Subimos las cosas en cuestión de segundos y literalmente las lanzamos dentro de la casa, para volver lo más rápido posible a la fragoneta.


9:05: Montamos en la fragoneta para salir disparados nuevamente. Esta vez no había tiempo de mirar el mapa para ver hacia donde debíamos dirigirnos. Unos edificios descomunales en el horizonte nos indicaban como encontrar el camino de regreso, así que sería tan simple como dirigirse hacia aquella luz. Como un rayo y saltándome algún que otro semáforo en el camino, bien por desconocimiento de las señales de tráfico o simplemente porque sí, nos acercábamos cada vez más a las luces en una lucha contrarreloj.

9:25: Ya nos encontrábamos en la zona de los edificios, pero ahora faltaba saber donde exactamente se encontraba la tienda. Mi compañera volvió a llamar para insistirle al de la tienda que por favor, que no se fuera. Que habíamos tenido algunos problemas encontrando el camino pero que ya estábamos cerca. El chico de la tienda, ya hasta los huevos de esperar, pero con mucha diplomacia volvió a decirnos que nos diéramos prisa, pero que por favor tuviéramos cuidado (No se por que me da a mi que no se fiaban mucho de nosotros).

Finalmente, a las 9:35h, e improvisando en más de una ocasión para dar con el lugar, y sin saber muy bien como, conseguimos llegar a nuestro destino final. El tipo de la tienda nos recibió con cierta alegría de saber que no habíamos estampado su furgoneta que tan inconscientemente nos había dejado.

Le dimos las gracias con las apropiadas reverencias japonesas, y nos fuimos a celebrar el evento a un restaurante español con un vinito y unas tapitas, ya que los aparatos habían llegado sanos y salvos a casa, y nosotros también.

¿Son la hostia, o no son la hostia estos japoneses?

ALEX

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